El mapa de los anhelos(16)



Está todo exactamente como lo dejé un día cualquiera hace bastantes a?os, cuando comprendí que es mejor no ver aquello que nos hace da?o.

Deslizo el dedo por una de las cuchillas del patín.

Y sonrío. Pero es una sonrisa temblorosa.



Ya es tarde cuando la casa se queda en silencio y salgo por la ventana de mi habitación al tejado. Hace frío y llevo un plumífero de color morado oscuro. Me siento en ese peque?o espacio desde donde pueden verse las casas de alrededor, casi todas con las luces apagadas, y la hilera de farolas que brillan en la infinidad de la noche.

Saco el móvil y escribo un mensaje con los dedos entumecidos.

Grace: De acuerdo, lo haré.

Will: Bien.

No ha tardado ni un minuto en responder. Contemplo ensimismada el vaho que sale de mi boca y que se desvanece poco después. A veces imagino el mundo como un lugar lleno de personas y partículas, partículas y personas, todas muy juntas formando algo compacto, pero, al mismo tiempo, tan distanciadas emocionalmente que nadie diría que pertenecen a la misma especie. Creo que a eso se le llama ?soledad?. Es una palabra que encierra cierta densidad y me recuerda al petróleo, no sé por qué. Pero también a la belleza y la paz de un glaciar desierto y jamás pisado por el hombre.

Vuelvo a escribir:

Grace: ?Qué haces despierto a estas horas?

Will: Llegué hace poco del trabajo. Tampoco suelo dormir demasiado.

Grace: ?Elección o maldición? En cualquier caso, he comprobado que las personas moradas sufren problemas de sue?o.

Will: Explícame eso.

Grace: Tengo el don de poder adivinar de qué color es el aura de la gente. Y contigo no tuve dudas.

Will: Buenas noches, Grace.

No parece muy impresionado, la verdad. Suspiro y me guardo el teléfono en el bolsillo de la chaqueta. Me quedo allí un rato más hasta que me aburro de mis propios pensamientos enredados y entro en la habitación para acostarme.





7


?Qué quieres ser de mayor?


Will aparece a la hora acordada y ni siquiera apaga el motor del coche antes de bajar la ventanilla y pedirme que suba. Dejo los patines en el asiento trasero, junto a los demás trastos, mientras él acelera como si tuviese prisa por llegar a nuestro destino.

—?Cuánto tiempo llevas sin limpiar el coche? Porque tienes un montón de cachivaches y está claro que lo de ?cinco plazas? en este caso resulta casi sarcástico…

—Métete en tus asuntos, Grace.

Lo ignoro y cojo un libro.

—Raymond Carver. ?Lo has leído? —él asiente—. Es bastante inquietante. Y un poco como todo en la vida: impacta más por lo que no dice que por lo que dice.

Will no contesta y se limita a seguir conduciendo. La decepción trepa por mi garganta. Supongo que, como en uno de los cuentos del libro que tengo en la mano, me hubiese gustado tener con él una conversación extravagante que paliase por un momento la curiosidad y la soledad. Pero quizá sea mejor seguir su ejemplo y mantener las distancias. Así que, a pesar de distinguir otros nombres interesantes desperdigados aquí y allá, como Fitzgerald o Joan Didion, no digo nada más.

La pista de patinaje está en el pueblo de al lado, enfrente del único centro comercial de la zona. Lo sé bien porque, cada vez que había entrenamiento, mis padres tenían que llevarme hasta allí, y aquello se convirtió en un problema cuando dejó de ser un pasatiempo y comencé a competir a nivel estatal. Pero hablar de eso sería como leer las últimas páginas de una novela negra, así que antes debería rebobinar e ir al principio.

La primera vez que me deslicé sobre el hielo fue casi de manera accidental. Lucy cumplía diez a?os y estaba pasando una buena época, así que nuestra madre decidió darle una sorpresa e invitó a sus tres mejores amigas del colegio a merendar y a pasar la tarde en la pista de patinaje. Yo fui con ellas, claro. Bebimos batidos de chocolate y luego alquilamos los patines. Lo que ocurrió fue lo siguiente: Ellas se lo pasaron en grande.

Yo entendí lo que un pájaro sentía al volar.

Lo primero que pensé al deslizarme sobre el hielo fue que no existía resistencia alguna que se interpusiese en mi camino. Lo segundo tuvo que ver con la libertad, incluso a pesar de que a los siete a?os no podía comprender en toda su plenitud el significado abstracto de esa palabra. Sin embargo, aquella tarde descubrí que una puede sentir cosas a las que es incapaz de ponerles nombre. Así que fui un ave peque?a y rapaz mientras me movía por el hielo y el frío me azotaba la piel; no me importaron las caídas que me dejaron varios moratones ni las risas de mi hermana y sus amigas, que no parecían interesadas en patinar y pasaron el rato sujetas a la barandilla que rodeaba la pista.

Esa noche, durante la cena en el comedor, pregunté: —?Cuándo volveremos a la pista de patinaje?

—No lo sé, Grace. —Mamá sirvió más agua.

—Pero necesito que me des una fecha.

—?Para qué?

—Para apuntarla en el calendario.

—Ya veremos, cari?o.

Ignoré a mi madre para probar suerte con papá. Cada vez que quería conseguir algo usaba la técnica de ir de uno a otro y, si al final no lograba nada, acudía al abuelo.

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