El mapa de los anhelos(13)



Pero aguanto. Y no digo nada. Casi ni respiro.

Lo de que el tiempo es relativo es una gran verdad. Los minutos pueden volverse eternos cuando deseas que avancen más rápido. O todo lo contrario, y correr a la desesperada en esos instantes en los que pararías el mundo si fuese posible. Ojalá existiese un botón mágico con el que poder controlarlo, pero, como no es así, me limito a dejar que transcurran los cuarenta y cinco minutos de la sesión hasta que todos se levantan.

La moderadora se acerca antes de que pueda escapar.

—Me llamo Faith. —Es imposible ignorar la calidez de sus ojos, de manera que pospongo la huida—. Soy psicoterapeuta y la fundadora de este grupo, así que si hay algo que pueda hacer por ti estaré encantada de ayudarte.

—No, lo siento, es que creo que…

—Esto no es para ti —adivina.

—Sí, justo eso. Tan solo he venido porque tenía que hacerlo. —Trago saliva con incomodidad—. Tenía que hacerlo por alguien —aclaro.

—Lo entiendo. En cualquier caso, las puertas seguirán abiertas si en algún momento cambias de opinión. Nos reunimos todos los jueves a la misma hora.

Asiento y suelto el aire que he estado conteniendo. Por fin puedo largarme sin mirar atrás. Pero, justo cuando estoy a punto de atravesar la puerta por la que se han marchado el resto de los asistentes, una duda me zarandea y doy la vuelta.

—?Le suena el nombre de Lucy Peterson?

La mirada de Faith se ilumina antes de mostrar compasión, y entonces comprendo que no solo la conoce, sino que además sabe que está muerta.

—?Eres Grace? —Asiento con los labios apretados—. Lamento tu pérdida.

Mantengo una lucha bastante razonable con el uso impreciso del verbo ?perder?, pero no es el momento para reflexionar sobre ello.

—?Lucy estuvo aquí?

—Sí, vino en varias ocasiones a lo largo del a?o pasado, cuando su estado de salud se lo permitía. Al principio no estaba segura de que fuese una buena idea, pero la dejé quedarse como oyente. ?Cómo iba a negarme? Era un encanto.

—Pero no lo entiendo…

—A Lucy le preocupaba mucho qué sería de su familia cuando ella ya no estuviese. Creo que necesitaba entender el proceso de duelo. Así que venía, escuchaba y vivía a través de otros aquello que nunca podría presenciar.

—Ya. —Tomo aire con brusquedad—. Lo siento, debo irme.

No soy capaz de despedirme en condiciones antes de dar la vuelta y salir de allí. Para colmo, cuando lo hago, descubro que el coche de Will ha desaparecido.





5


Ser invisible


Encuentro a Will dos calles más abajo. Lo veo a través del cristal de una cafetería con una decoración tan anodina que recuerda a otras docenas de establecimientos. él está delante de una taza vacía y lee plácidamente un libro viejo y amarillento.

Abro la puerta con fuerza y hago ruido, pero Will ni se inmuta.

Solo cuando me tiene delante, apenas a medio metro, alza la vista y me mira para, a continuación, echarle un vistazo rápido a ese reloj que lleva en la mu?eca y que, claramente, no usa como debería. Es evidente que la puntualidad no es lo suyo, ya lo dejó caer el chico de los tatuajes con el que trabaja cuando apareció tarde.

—?Qué problema tienes?

—Estaba a punto de ir.

Pongo los ojos en blanco y me acomodo en el banco desgastado que hay frente a él. Will alza una ceja, como si no estuviese de acuerdo con la situación, pero le dirijo una mirada de advertencia que parece silenciarlo. Una camarera se acerca para tomar nota y pido un trozo de pastel de zanahoria y un café descafeinado.

—?Qué tal ha ido?

—?Sabías que era un grupo de terapia o algo así?

—Ni idea. —Clavo mis ojos en él—. Te lo juro, Grace.

Creo que dice la verdad, pero como sigue siendo un total desconocido a pesar de esto que nos une, no sé si puedo fiarme del todo de su palabra. La camarera trae el pedido y hundo el tenedor en la tarta. Está deliciosa, no demasiado dulce.

—?Qué hay dentro de la caja?

—?El mapa de los anhelos?.

—Ya. ?Y cómo es? Dime algo que puedas contarme, al menos. Imagina lo raro que está siendo todo esto. Es decir, creía que lo sabía todo sobre mi hermana y resulta que no solo no te conozco, sino que, además, estoy descubriendo que tenía otros secretos.

—?Acaso eso es malo?

Lo miro con atención. Está ligeramente recostado en el reservado granate que ocupamos, con un brazo por encima del respaldo y el otro sobre la mesa, cerca del libro que minutos atrás leía. Distingo el título: El eudemonismo.

Hay algo en Will que me ha llamado la atención desde la noche que lo conocí y ahora advierto al fin de qué se trata: se mueve por el mundo como lo hacen las personas que han vivido con una red de seguridad a sus pies, esas que han tenido toda su vida servicio doméstico y cierta libertad que termina traduciéndose en miradas ligeramente condescendientes.

—?Tener secretos? No lo sé, dímelo tú, Will. ?Qué hay que hacer para trabajar en un pub a media jornada y conseguir un sueldo que me permita tener tu coche?

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