El mapa de los anhelos(19)



Will me mira tan fijamente que resulta incómodo.

—Y toda esta conversación surge a raíz de lo del patinaje.

—No, no, nada de eso. Hablábamos de… —Permanezco pensativa unos segundos y un gesto de satisfacción se dibuja en su rostro—. Bah, ?sabes? No importa. Si lo que estás pensando es que mi sue?o era ser patinadora hasta que se truncó y por eso parezco tan resentida, te equivocas. Me gustaba, sí. Pero recuerda lo del tiranosaurio: ya de peque?a tenía la misma opinión sobre el tema. Y ahora te toca a ti.

—?Qué me toca?

—Pues exponer tu causa.

—?Quieres abrir un debate?

—Quiero saber qué opinas sobre esto.

—Veamos… —Will se muerde el labio inferior y, por la manera en la que lo hace, cualquiera podría pensar que ha ensayado el gesto delante del espejo muchas veces—. Yo no tuve muchas dudas. A veces sencillamente te gusta algo y vas a por ello.

—?Y qué te gustaba a ti?

—?Quién cotillea ahora?

Pongo los ojos en blanco, me levanto y me subo la capucha de la sudadera; es lila y en la espalda pone: ??Qué demonios estás mirando??.

—Olvídalo. Tienes razón, no me importa.

No hablamos durante el camino de regreso, aunque en esta ocasión el silencio no resulta incómodo. Nos acompa?a una canción llamada Hummingbird que cesa cuando frena delante de mi casa. Entonces, saca un sobre de la guantera y me lo da.

—Es de Lucy —aclara al ver mi expresión.

Logro contener la impaciencia mientras Will me asegura que pronto me dirá el próximo paso después del fiasco con la pista de patinaje. Nos despedimos y, en cuanto entro por la puerta, rasgo el papel y saco la nota que se esconde dentro.





8


?Con quién estás enfadado?


Mr. Flu es uno de esos perros que pasea con la lengua fuera y que no deja de tirar de la correa, así que acabo trotando la mitad del trayecto para seguirle el ritmo, aunque en algún lugar leí que lo correcto sería mostrarme firme y alzarme como la líder de la manada. Pero es mi primer día, así que logro a duras penas regresar a casa de la se?ora Rogers entre empujones y tras permitir que el animal lamiese los restos de un helado que había en el suelo porque ha sido más rápido que yo.

Una vez allí, mientras él devora su ración de pienso, contemplo la espaciosa cocina llena de muebles blancos impolutos. Me gustan las casas ajenas. No las propiedades como tal, sino el hecho de pensar que, momentáneamente, su intimidad me pertenece. Podría echar un vistazo en la despensa para averiguar qué come Anne Rogers o abrir el cajón de su escritorio, ?quién sabe? Las posibilidades son infinitas.

Sin embargo, permanezco al lado de Mr. Flu.

Luego, el día se convierte en una sucesión de horas encadenadas entre sí que dan paso a una semana monótona que podría resumirse en la ausencia de mi padre, los silencios de mamá delante del televisor, alguna llamada esporádica del abuelo, una noche en que salgo con Tayler y su grupo de amigos a beber cervezas y poco más.

El jueves se despereza tras un cielo anaranjado con nubes.

Vuelvo a leer la nota de Lucy para convencerme de que lo correcto es hacerle caso, pero, sinceramente, si la tuviese delante le diría cuatro cosas. Porque en lugar de dejarme una carta emotiva o especial rememorando, por ejemplo, alguna anécdota de cuando éramos peque?as, lo único que tengo en las manos es la prueba material de que el deseo de mi hermana es que siga asistiendo a las reuniones grupales. Y me gustaría mucho decirle: ?No, no pienso hacerlo, porque es una pérdida de tiempo?, pero está muerta. Así que no es una cuestión que pueda discutir con ella, tan solo aceptarla.

Lo único que a?adió tras esa petición fue: ?Recuerda cómo se llama el juego, Grace. Imagina un mapa lleno de carreteras, aunque en este caso no hay una ruta correcta, todas conducen a un destino diferente. En el trayecto habrá zonas pedregosas, pero debes recorrerlas para dejarlas atrás. Con el dolor ocurre lo mismo: no hay que rodearlo, sino atravesarlo?.

Por eso Will vuelve a recogerme el jueves.

—?Lista para pasar una tarde divertida?

Lo fulmino con la mirada tras dejarme caer en el asiento del copiloto. Visto vaqueros oscuros, Converse moradas y una sudadera gris parecida a la que él lleva.

—Sé que no nos conocemos demasiado, pero creo que es mi obligación decirte que el humor no es tu punto fuerte, Will Tucker.

Parece bastante tranquilo mientras conduce y de vez en cuando me mira de reojo al tomar una recta larga. No hemos hablado en toda la semana, pero el ambiente dentro del coche es agradable, como si tras la última conversación en el centro comercial se hubiese creado una especie de camaradería entre nosotros.

—?Una semana difícil? ?Problemas con tu chico?

Lástima que el efecto dure menos de cinco minutos.

—No sé de qué ?chico? estás hablando.

—Del que te besó el otro día cuando te dejé en la puerta de casa como si intentase marcar su territorio —aclara.

—Ah, ese. Ya.

Will me mira de reojo.

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